Algunas conversaciones llegan demasiado tarde
Hay conversaciones que esperamos durante años.
Una explicación.
Un perdón.
Una verdad.
Una frase que hubiera cambiado algo si llegaba a tiempo.
Pero a veces las palabras aparecen cuando la herida ya aprendió a vivir sola.
Llegan después del cansancio.
Después del silencio.
Después de haber imaginado mil veces lo que el otro nunca dijo.
Y cuando por fin llegan, ya no siempre reparan.
Porque no todo lo que se dice tarde puede volver al lugar donde hacía falta.
Hay personas que no se alejan por falta de amor, sino por exceso de espera. Esperan una señal, una pregunta, un gesto mínimo. Hasta que un día dejan de esperar.
Y entonces la conversación ocurre, pero ya no encuentra a la misma persona.
Quizá por eso deberíamos hablar antes.
Antes de que el orgullo se vuelva distancia.
Antes de que el silencio parezca indiferencia.
Antes de que alguien aprenda a vivir sin esa respuesta.
Porque algunas conversaciones no se pierden por lo que se dice.
Se pierden por haber llegado demasiado tarde.