Por qué me interesan los personajes quebrados
Me interesan los personajes quebrados porque no pueden fingir demasiado.
Tarde o temprano, algo en ellos se filtra: una frase, un silencio, una reacción desmedida, una forma extraña de amar o de alejarse. No son personajes perfectos ni cómodos. No vienen a dar respuestas. Vienen a mostrar una grieta.
Y en esa grieta, muchas veces, aparece lo más humano.
Siempre me atrajeron las personas que cargan algo que no se ve. Una culpa antigua. Una pérdida mal cerrada. Una infancia difícil. Un miedo que aprendieron a disimular. Un dolor que no cuentan porque ya se acostumbraron a vivir con él.
No me interesan los personajes rotos como espectáculo.
Me interesan porque todos, de alguna manera, estamos hechos de partes que sobrevivieron como pudieron.
Un personaje quebrado no es necesariamente débil. A veces es alguien que resistió demasiado. Alguien que aprendió a defenderse antes de tiempo. Alguien que se volvió duro porque no tuvo otra opción. Alguien que parece frío, pero en realidad tiene miedo de volver a confiar.
La literatura permite mirar esas zonas sin juzgarlas.
Permite entrar en la vida de alguien y entender que detrás de una mala decisión puede haber una herida. Que detrás de una distancia puede haber miedo. Que detrás de una persona difícil puede existir una historia que nadie quiso escuchar.
Por eso vuelvo una y otra vez a esos personajes.
Porque no escribo sobre héroes impecables.
Escribo sobre personas que intentan seguir viviendo con algo roto adentro.
Y quizá ahí esté lo que más me interesa de una historia: no saber si un personaje va a salvarse, sino descubrir qué hace con aquello que lo marcó.