psicología contemporánea

El celular nos robó el aburrimiento

Antes, cuando no pasaba nada, uno se quedaba a solas con su cabeza.

Miraba por la ventana. Caminaba sin hacer nada. Esperaba en una fila. Se aburría. Y en ese silencio, aunque pareciera inútil, algo empezaba a moverse por dentro: una idea, una pregunta, un recuerdo, una incomodidad, una pequeña verdad.

Hoy casi no nos permitimos ese vacío.

Apenas aparece un segundo libre, buscamos el celular. Revisamos mensajes, redes, noticias, videos, cualquier cosa que nos salve de estar quietos. Ya no esperamos: consumimos. Ya no miramos alrededor: deslizamos la pantalla. Ya no nos aburrimos: nos anestesiamos.

Pero el aburrimiento no era un enemigo. Era una puerta.

En ese espacio nacían muchas cosas: la imaginación, la introspección, la creatividad, incluso la capacidad de escucharnos. La soledad también tenía una función. Nos obligaba a encontrarnos con lo que sentíamos, con lo que evitábamos, con eso que el ruido diario tapa.

El problema no es el celular. El problema es haberlo convertido en refugio automático contra cualquier forma de silencio.

Tal vez por eso nos cuesta tanto pensar en profundidad. Porque pensar necesita pausa. Crear necesita vacío. Sentir necesita tiempo.

Y quizá, para recuperar algo de nosotros mismos, tengamos que volver a permitirnos una cosa simple y casi olvidada:

aburrirnos un poco.

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